LyL (Levántate y Lee)
Según la ‘Sutra del Pavo Real’ *

Cuando un Kissho, ordenado no hacía mucho, estaba calentando el agua para el baño de los monjes, una negra serpiente descendió de un extraño árbol y le mordió en el dedo gordo de su pie derecho. Se desvaneció y cayó al suelo, sus ojos se extraviaron y la espuma asomó en su boca. Anada fue a donde se hallaba Buda y preguntó: «¿Cómo puede curársele?». A lo que Buda replicó diciendo: «Si conservasla ‘Sutra del Conjuro del Rey de la Sabiduría del Pavo Real del Gran Tathaqata’ aferra entre tus brazos al monje Kissho y haz los adecuados signos con la mano mientras entonas la mantra. El veneno quedará sin efecto. Ni la espada ni el garrote serán capacesde inflingir heridas. Alejará todas las calamidades».



*En ‘El Templo del Alba’, Yukio Mishima.

No nací en Comala

-¡Ah, como en la novela Pedro Páramo!-  decían cuando mencionaba que había nacido en Comala, hecho muy cierto y cotejable con mi acta de nacimiento.

Por eso ahora nací en Tulancingo, Ensenada, Herrero Universal, Paso del Conejo, Tiezutla o cualquier lugar del catálogo federal que no evoque alguna referencia cultural.

Pero no falta el sabihondo o el literato de altísimos vuelos  -para tal caso es lo mismo- que cuando digo que me llamo Juan reitere:

-¡Ah, como Rulfo!

El Dorado

El hombre alguna vez llamado conquistador estaba sentado, protegido debajo de una enorme palma que pretendía refrescar el ambiente calientísimo. Así, desgastado y domesticado por la inmensidad del territorio, alcanzó a ver una ciudad derruida a lo lejos. Una ciudad dejada de la mano del hombre, en ruinas casi simétricas, imagen de la devastación natural. Ciudad gris, ciudad muda, ciudad de una edad antigua.

Cuando llegó a ella, el hombre traspasó un umbral que le dio la bienvenida y olvidó el pasado, cercano y remoto. En aquella inmensa soledad, decidió nombrarse gobernador y gobernado  -al mismo tiempo- de tan espléndida ciudad. La hizo suya y se hizo de ella. Como monarca comenzó a imaginar que todo estaba hecho de oro, pues los reyes siempre buscan la opulencia y el poder. Los medios pilares, las albercas, las pirámides enanas, el patio que parecía tallado a mano, los ídolos diabólicos, los altares y los cuartos fueron, entonces, de oro. Como dominado imaginó, también, que todo era de oro, porque el pueblo siempre sueña con la riqueza y con el exceso.

El hombre fue dos personas. Un día entero se comportaba como la máxima autoridad: meditaba, componía versos, comía de los más deliciosos frutos y dormía bajo techo. El siguiente día trabajaba como cualquier civil, hilaba vestiduras, comía la carroña de los animales cazados y dormía a la intemperie, sujeto a los peligros que cualquier gran ciudad representa.

Cuando lo encontraron, años después, el hombre desfallecía. El grupo de expedicionarios lo rescató y lo cuidó pero no pudo escucharle palabra alguna hasta transcurridos algunos meses. Al recuperar el habla, este magnífico hombre –que había sido dos hombres en alguna ocasión- les relató con una precisión extraordinaria la historia de una ciudad hecha de oro. Así comenzó a propagarse la increíble leyenda de un lugar majestuoso, donde todo era oro y el oro era, también, oro. A esta ciudad áurea, producto de la imaginación de un hombre, no le quedó mejor nombre que El Dorado, y así fue bautizada.

Todos los locos que lo creyeron y que la buscaron infatigables sólo podían tener dos propósitos: ser reyes o ser pueblo… ninguno decidió ser hombre y edificarla en su imaginación.

Una poética del asesinato

Se mata sin pensar, bien probado lo tengo; a veces sin querer. Se odia, se odia intensamente, ferozmente, y se abre la navaja, y con ella, descalzo, hasta la cama donde duerme el enemigo. Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar. Como la alcoba es vieja, los muebles nos asustan con su crujir que puede despertarlo, que a lo mejor había de precipitar las puñaladas. El enemigo levanta un poco el embozo y se da la vuelta: sigue dormido. Su cuerpo abulta mucho; la ropa engaña. Uno se acerca cautelosamente; lo toca con la mano con cuidado. Está dormido, bien dormido; ni se había de enterar…

Pero no se puede matar así; es de asesinos. Y uno piensa volver sobre sus pasos, desandar lo ya andado… No: no es posible. Todo está muy pensado; en un instante, un corto instante y después…

Pero tampoco es posible volverse atrás. El día llegará y en el día no podríamos aguantar su mirada, esa mirada que en nosotros se clavará aun sin creerlo.

Habrá que huir; que huir lejos del pueblo, donde nadie nos conozca, donde podamos empezar a odiar con odios nuevos. El odio tarda años en incubar: uno ya no es un niño y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá. El corazón no albergará más hiel y ya estos brazos, sin fuerza, caerán…



Extracto de ‘La familia de Pascual Duarte’ de Camilo José Cela.


             

El campeonato mundial de pajaritas

Luis Britto García

Abierto oficialmente el campeonato mundial de pajaritas, el señor Pereira se dirige al proscenio, toma una hoja de papel, la dobla, la vuelve a doblar, y de los pliegues surgen lentamente una montaña, y un arroyo, y un arco iris que desciende hasta que junto a él fulguran las nubes y finalmente las estrellas. Un gran aplauso resuena, el señor Pereira se inclina y baja lentamente a la sala.
Acto seguido se instala en el proscenio el señor Noguchi, quien toma en cada mano una hoja de papel, la mano izquierda dobla dobla dobla, sale una paloma, sosteniendo el pico con los dedos anular y meñique y tirando de la cola con los dedos índice y medio las alas suben bajan suben bajan, la paloma vuela, entre tanto la mano derecha dobla dobla dobla, sale un halcón, colocando el dedo índice en el buche y presionando con el pulgar en las patas, las poderosas alas suben bajan suben, el halcón vuela, persigue a la paloma, la atrapa, cae al suelo, la devora. Grandes y entusiásticos aplausos.
Sube al proscenio el señor Iturriza, quien es calvo, viejo, tímido y usa lentecitos con montura de oro. En medio de un gran silencio el señor Iturriza se inclina ante el público, hace una contorsión, se vuelve de espaldas. La segunda contorsión lo despliega, asume una forma extraña, y luego vienen la tercera, la cuarta, la quinta contorsión, la apertura del pliegue longitudinal y la vuelta del conjunto. La sexta y la séptima contorsiones son apenas visibles pero definitivas, la gente va a aplaudir pero no aplaude, en el proscenio el señor Iturriza deshace su último pliegue y se transforma en una límpida, solitaria, gran hoja cuadrada de papel blanco.

            

             Foto de Luis Britto tomada de “El salmón urbano”

Blog personal del escritor: http://luisbrittogarcia.blogspot.mx

Non bellici

Un pueblo antiguo, de una nación antigua, de una lengua casi universal para esa antigüedad en la que vivían, creía que los guerreros muertos en batalla se transformaban, mediante un proceso de corporización divina, en pájaros. Pájaros de color rubí, pájaros blancos, pájaros multicolores, en fin, pájaros del mundo.

Para este pueblo, entonces, no fue difícil enfrentar a los extranjeros que los llegaron a conquistar. Su destino era hermoso. A estos guerreros-pájaro se les veía recibir lanzas en el centro del pecho con una sonrisa, recogerse las tripas extraídas de un sablazo con lágrimas de placer, abrazar a sus heridos hendiéndoles un puñal en el costado para apurar la nueva encarnación.

¿Cómo llamar bélico a este pueblo? Los extranjeros no pudieron entenderlo. Los extranjeros lo tomaron como una afrenta y adoptaron un salvajismo voraz que fue transmitiéndose por los tiempos perdiendo su sentido ulterior y, a la vez, primario.

Ahora, cada que escucho el trino de un pájaro, recuerdo por qué nos estamos matando.

Héroes

[Un cementerio nevado.]

I: Te queda bien la barba.

X: Mejor que a ti, seguro.

I: Te queda bien el saco.

X: ¿Cambiamos?

I: Cambiamos.

[Varias tumbas. Dos tumbas, principalmente.]

X: Esto debe ser una fiesta. No hay lugar más tranquilo para sacar humo por la boca y simular que uno está fumando.

I: O para simular, también, que uno está viviendo.

X: Incluso estas pisadas mías, que recorrieron todo un camino para llegar aquí y que ya no recogeré, son una simulación.

I: Y espera a que las cubra la nieve.

X: La nieve será, luego, otra simulación.

[Uno se acerca a alguna de las tumbas principales y con la palma remueve la nieve que cubre la lápida.]

I: “Para siempre…”

X: Qué palabra más dura: ‘siempre’.

I: ¿Más dura que ‘nunca’?

X: Nunca ‘siempre’ será más dura que ‘nunca’.

I: Y a mí que me parecía que nunca llegaría a ver la nieve. Me cuesta pensar que siempre ha sido tan blanca.

X: Yo pensé que nunca llegaría a ver tu barba. Me cuesta pensar que alguna vez no fue blanca.

I: [Ríe.]

X: [Ríe y después tose.]

I: ¿Quieres un pañuelo?

X: Traigo el mío. [Saca un pañuelo viejo, sangrado, con unas iniciales ajenas.]

I: ¿Ese también es robado?

X: No, este sí es mío.

I: ¿Y la sangre?

X: Mía, también.

I: ¿Y las iniciales?

X: Mías, ¿qué no sabes que uno cambia de nombre en este lugar?

I: Sí, ¿entonces cómo me llamo yo?

X: Saca tu pañuelo.

I: [Palpa las bolsas traseras del pantalón y saca un pañuelo nuevo, limpio.] No tiene iniciales.

X: Porque tú no eres de este lugar.

[Se ven a los ojos durante mucho tiempo. Corren entre los árboles y regresan al mismo lugar de donde partieron.]

I: Te gané.

X: ¿Seguro?

I: Llegué primero.

X: Excava la tumba que tienes enfrente.

[I con sus manos enguantadas saca la tierra debajo de la lápida. Puede tardar unas horas.]

I: Está vacía.

X: Exacto, pero no significa que algún día no la ocupes.

I: ¿Y la tuya?

X: Ya la ocupé hace tiempo.

I: Y, ¿qué haces aquí afuera?

X: Vine a ver la nieve contigo, pero ya está aminorando, ya me tendré que ir.

I: Entonces yo también tendré que irme.

X: No, tú te puedes quedar y rezarme, lo necesito.

I: ¿Para qué?

[X ha desaparecido.]

I: …

[Hace mucho calor, el sol está en lo alto y la gente pasa y se detiene frente a otras tumbas, deposita un ramo de flores y se aleja.]

I: Padre, padre, padre.

[I se toma la barbilla lampiña y del bolsillo trasero saca un pañuelo con iniciales ajenas.]

 

Soy lector y soy testigo.
Yo aún no sé quién cometió el crimen. A través de una red de intrincados sueños llenos de simbolismo y de los apuntes del inspector Eugen Stross, intento descifrar el enigma presente en la novela policíaca del escritor serbio Milorad Pavic (1929-2009), Pieza única (2007). Lo que obscurece el contexto y lo hace interesante es que no hay respuesta correcta al misterio; cada lector es capaz de (re)construir los hechos presentados en la narración y, así, llegar a una solución que los deje dormir. Yo aún no duermo.
Una vez más, Pavic deja que el lector sea quien construya el texto, esta ocasión a través de una novela delta, de un paquete que contiene dos libros: la novela y un cuadernillo azul donde el inspector superior Stross ha anotado pistas y anécdotas referentes al caso. Ya el lector no es sumiso, sino que es responsable de descifrar lo que el autor desdobla con aparente inocencia. La novela está ahí para ser leída, interpretada, vivida y resuelta… como los sueños.
La conjetura más grande de esta obra es que el lenguaje siempre es doble: el narrativo y el onírico. Al abrir el libro –cualquiera de los dos- nos encontramos con la pericia del escritor que nos deja sueltos en un laberinto del que sólo podemos salir si seguimos leyendo, si aceptamos que somos parte fundamental de esa construcción. 
Todo es dualidad: el andrógino comerciante de sueños, el apuesto Erlangen con dos amantes, los sueños y la vigilia, el lector-autor, la vida y la muerte. Esta muestra de literatura actual nos compromete y nos ofrece un viaje por el mundo de lo esotérico, de lo astrológico, de lo que sólo es posible con una atención detallista y un espíritu limpio. Por eso el libro es, en sí mismo, una pieza única, pues cada lector tiene, forzosamente, un acercamiento peculiar a la trama dispuesta. 
De la mano de algunos poemas de Pushkin y con el fondo musical de la ópera Boris Godunov, la obra se saborea agridulce, con tintes cómicos y personajes potentes que se sitúan en un tiempo-espacio movible con una personalidad fija. El sexo, la manipulación, el acoso, el diablo y los intereses están presentes, sólo se ausenta la sangre. El autor de Diccionario jázaro refresca el género policial poniendo atención en los testigos, en sus mejores personajes: los lectores.
Como un ricochet, nuestra lectura rebota para terminar proyectándose en nosotros mismos. Yo aún no sé quién cometió el crimen pero tanta libertad para leer esta obra me exime de todo compromiso real, pues la respuesta no la tengo yo sino tú.

Soy lector y soy testigo.

Yo aún no sé quién cometió el crimen. A través de una red de intrincados sueños llenos de simbolismo y de los apuntes del inspector Eugen Stross, intento descifrar el enigma presente en la novela policíaca del escritor serbio Milorad Pavic (1929-2009), Pieza única (2007). Lo que obscurece el contexto y lo hace interesante es que no hay respuesta correcta al misterio; cada lector es capaz de (re)construir los hechos presentados en la narración y, así, llegar a una solución que los deje dormir. Yo aún no duermo.

Una vez más, Pavic deja que el lector sea quien construya el texto, esta ocasión a través de una novela delta, de un paquete que contiene dos libros: la novela y un cuadernillo azul donde el inspector superior Stross ha anotado pistas y anécdotas referentes al caso. Ya el lector no es sumiso, sino que es responsable de descifrar lo que el autor desdobla con aparente inocencia. La novela está ahí para ser leída, interpretada, vivida y resuelta… como los sueños.

La conjetura más grande de esta obra es que el lenguaje siempre es doble: el narrativo y el onírico. Al abrir el libro –cualquiera de los dos- nos encontramos con la pericia del escritor que nos deja sueltos en un laberinto del que sólo podemos salir si seguimos leyendo, si aceptamos que somos parte fundamental de esa construcción.

Todo es dualidad: el andrógino comerciante de sueños, el apuesto Erlangen con dos amantes, los sueños y la vigilia, el lector-autor, la vida y la muerte. Esta muestra de literatura actual nos compromete y nos ofrece un viaje por el mundo de lo esotérico, de lo astrológico, de lo que sólo es posible con una atención detallista y un espíritu limpio. Por eso el libro es, en sí mismo, una pieza única, pues cada lector tiene, forzosamente, un acercamiento peculiar a la trama dispuesta.

De la mano de algunos poemas de Pushkin y con el fondo musical de la ópera Boris Godunov, la obra se saborea agridulce, con tintes cómicos y personajes potentes que se sitúan en un tiempo-espacio movible con una personalidad fija. El sexo, la manipulación, el acoso, el diablo y los intereses están presentes, sólo se ausenta la sangre. El autor de Diccionario jázaro refresca el género policial poniendo atención en los testigos, en sus mejores personajes: los lectores.

Como un ricochet, nuestra lectura rebota para terminar proyectándose en nosotros mismos. Yo aún no sé quién cometió el crimen pero tanta libertad para leer esta obra me exime de todo compromiso real, pues la respuesta no la tengo yo sino tú.

Autorretrato

Antes de haber sido pintor fui estudiante de muchísimas academias de arte donde aprendí sobre paisajismo, acuarelas y bodegones. En especial recuerdo mi estancia en Toulouse –en esa época dominaba las corrientes- porque, incitado por la mente educadora de mi maestro, tomé la costumbre de leer todo acerca de pintura. Leía, devoraba libros sobre teoría de la brocha, aplicación de postura óptima para modelaje, marcos y enmarques de finas maderas y demás cosas inútiles que sólo ayudaron a que fuera mejor lector y un insomne profesional.

Pero de todas aquellas lecturas patéticas recordé, durante toda mi vida, una nota al pie que valía por todas las noches sin dormir: la nota número 36 del libro La búsqueda del hombre en el autorretrato de César Gannet: “La muerte es solamente una inmensa galería de retratos donde cada hombre tiene la oportunidad de buscar su rostro enmarcado y así, encontrándolo, de reencarnar”.

La sola idea de una galería llena de retratos me parecía museográficamente  atractiva, pues representaba una agrupación eterna de objetos de estudio. Así, comencé a ver la muerte como la continuación imparable del arte, de la investigación y la pesquisa humanitaria. Cuando yo pensaba que la vida era búsqueda y la muerte descanso, esa nota al pie invirtió mi concepto y me puse a descansar. 

Acostado en mi sillón me llegó la muerte oliendo a oleos y mezclas, a aguarrás y químicos. Me la intenté quitar de encima pero mi sopor era tal que cuando levanté la mano ésta señalaba ya uno de los innumerables retratos de una galería gótica, limpia como la axila de una paloma. Pabellones altísimos se tapizaban con cuadros y más cuadros. Salones gigantes y circulares mostraban un repertorio infinito de caras viejas y jóvenes, masculinas y femeninas. Cuadros que como bisagras se ajustaban al ángulo de intersección de dos paredes, cuadros que colgaban del techo como lámparas, cuadros usados como tapetes, cuadros como ventanas. En algunos cuartos aparecían, además de cuadros empotrados en las paredes, libreros que exhibían en sus repisas retratos de niños. Los perfiles a veces veían a la izquierda, otras, a la derecha. Algunas pinturas estaban de frente pero con la mirada desviada, algunas con la mirada fija. La técnica para cada cuadro era distinta, aunque la que más se repetía era el óleo y el encausto. Los más bonitos y mejor logrados eran los que tenían un fondo bucólico o citadino, pero la mayoría tenían un sobrio fondo negro, negro como la muerte, como la muerte a la que me enfrentaba entre pasillos y salas de cuadros.

Recorrí sin dormir, en esa búsqueda que me habían prometido, cuartos irrepetibles, cada uno con marcos distintos y caras distintas, encimando épocas y estilos. Me acosté para admirar algunas de las obras en el cielo raso de una habitación chaparra y comencé a sentir la presencia de algo más. Una mirada se clavaba sobre mi cráneo recostado que cerró mis ojos. Cuando los abrí me encontraba frente a mi retrato, rodeado de otros retratos que en conjunto parecían una burla. En un espejo me vi, me vi tal y como me recordaba a mí mismo pero mejor elaborado. La técnica que la muerte había utilizado sobre mí era fantástica, la concatenación de brochazos obscuros habían separado mi pelo del fondo. Mis hombros eran, con toda seguridad, impresionistas, pero mi boca era puntillista. Renacimiento temprano en mis ojos y un modernismo en mis orejas. Algo de pastel en mi camisa y de reflejo en mi frente. Entre mi mirada y mi mirada en el cuadro, no había diferencia. Él me veía a mí, yo lo veía a él, y éramos lo que veíamos.

No reencarné, no quise reencarnar y me fui a esconder a otra de las tantas estancias. Escondido sigo llorando, llorando descuelgo cuadros y los cambio de lugar, les quito el polvo y los enderezo porque aquí también tiembla. Nunca regreso a la sala donde me encontré. La muerte me superó como artista y su retrato es eternamente mejor que cualquier autorretrato que yo hice mientras vivía. La ignominia no vale el trámite para regresar al mundo. Por dejar de buscar la trascendencia en el otro mundo sepulté mi nombre en el olvido y no dejé constancia alguna de calidad. ¿Quién me recordará? ¿Quién apreciará mi escasísima obra? Ahora le ayudo a la muerte a limpiar y me entretengo jugando con las caras de los muertos. Cuento los bigotes, los calvos y las sonrisas. Hago un inventario que nunca terminará pero hay que llevar registro. Sigo esperando encontrarme a Van Gogh recorriendo estos mismos pasillos, reconociéndose.

 

             

           Autorretrato de Samuel Palmer (Londres, Inglaterra, 1805-1881)