LyL (Levántate y Lee)
Quizá la idea de Dios proviene de la invención del espejo.
Leopoldo “Cachibambas” Lugones
Según la ‘Sutra del Pavo Real’ *

Cuando un Kissho, ordenado no hacía mucho, estaba calentando el agua para el baño de los monjes, una negra serpiente descendió de un extraño árbol y le mordió en el dedo gordo de su pie derecho. Se desvaneció y cayó al suelo, sus ojos se extraviaron y la espuma asomó en su boca. Anada fue a donde se hallaba Buda y preguntó: «¿Cómo puede curársele?». A lo que Buda replicó diciendo: «Si conservasla ‘Sutra del Conjuro del Rey de la Sabiduría del Pavo Real del Gran Tathaqata’ aferra entre tus brazos al monje Kissho y haz los adecuados signos con la mano mientras entonas la mantra. El veneno quedará sin efecto. Ni la espada ni el garrote serán capacesde inflingir heridas. Alejará todas las calamidades».



*En ‘El Templo del Alba’, Yukio Mishima.

No nací en Comala

-¡Ah, como en la novela Pedro Páramo!-  decían cuando mencionaba que había nacido en Comala, hecho muy cierto y cotejable con mi acta de nacimiento.

Por eso ahora nací en Tulancingo, Ensenada, Herrero Universal, Paso del Conejo, Tiezutla o cualquier lugar del catálogo federal que no evoque alguna referencia cultural.

Pero no falta el sabihondo o el literato de altísimos vuelos  -para tal caso es lo mismo- que cuando digo que me llamo Juan reitere:

-¡Ah, como Rulfo!

El Dorado

El hombre alguna vez llamado conquistador estaba sentado, protegido debajo de una enorme palma que pretendía refrescar el ambiente calientísimo. Así, desgastado y domesticado por la inmensidad del territorio, alcanzó a ver una ciudad derruida a lo lejos. Una ciudad dejada de la mano del hombre, en ruinas casi simétricas, imagen de la devastación natural. Ciudad gris, ciudad muda, ciudad de una edad antigua.

Cuando llegó a ella, el hombre traspasó un umbral que le dio la bienvenida y olvidó el pasado, cercano y remoto. En aquella inmensa soledad, decidió nombrarse gobernador y gobernado  -al mismo tiempo- de tan espléndida ciudad. La hizo suya y se hizo de ella. Como monarca comenzó a imaginar que todo estaba hecho de oro, pues los reyes siempre buscan la opulencia y el poder. Los medios pilares, las albercas, las pirámides enanas, el patio que parecía tallado a mano, los ídolos diabólicos, los altares y los cuartos fueron, entonces, de oro. Como dominado imaginó, también, que todo era de oro, porque el pueblo siempre sueña con la riqueza y con el exceso.

El hombre fue dos personas. Un día entero se comportaba como la máxima autoridad: meditaba, componía versos, comía de los más deliciosos frutos y dormía bajo techo. El siguiente día trabajaba como cualquier civil, hilaba vestiduras, comía la carroña de los animales cazados y dormía a la intemperie, sujeto a los peligros que cualquier gran ciudad representa.

Cuando lo encontraron, años después, el hombre desfallecía. El grupo de expedicionarios lo rescató y lo cuidó pero no pudo escucharle palabra alguna hasta transcurridos algunos meses. Al recuperar el habla, este magnífico hombre –que había sido dos hombres en alguna ocasión- les relató con una precisión extraordinaria la historia de una ciudad hecha de oro. Así comenzó a propagarse la increíble leyenda de un lugar majestuoso, donde todo era oro y el oro era, también, oro. A esta ciudad áurea, producto de la imaginación de un hombre, no le quedó mejor nombre que El Dorado, y así fue bautizada.

Todos los locos que lo creyeron y que la buscaron infatigables sólo podían tener dos propósitos: ser reyes o ser pueblo… ninguno decidió ser hombre y edificarla en su imaginación.

Una poética del asesinato

Se mata sin pensar, bien probado lo tengo; a veces sin querer. Se odia, se odia intensamente, ferozmente, y se abre la navaja, y con ella, descalzo, hasta la cama donde duerme el enemigo. Es de noche, pero por la ventana entra el claror de la luna; se ve bien. Sobre la cama está echado el muerto, el que va a ser el muerto. Uno lo mira, lo oye respirar; no se mueve, está quieto como si nada fuera a pasar. Como la alcoba es vieja, los muebles nos asustan con su crujir que puede despertarlo, que a lo mejor había de precipitar las puñaladas. El enemigo levanta un poco el embozo y se da la vuelta: sigue dormido. Su cuerpo abulta mucho; la ropa engaña. Uno se acerca cautelosamente; lo toca con la mano con cuidado. Está dormido, bien dormido; ni se había de enterar…

Pero no se puede matar así; es de asesinos. Y uno piensa volver sobre sus pasos, desandar lo ya andado… No: no es posible. Todo está muy pensado; en un instante, un corto instante y después…

Pero tampoco es posible volverse atrás. El día llegará y en el día no podríamos aguantar su mirada, esa mirada que en nosotros se clavará aun sin creerlo.

Habrá que huir; que huir lejos del pueblo, donde nadie nos conozca, donde podamos empezar a odiar con odios nuevos. El odio tarda años en incubar: uno ya no es un niño y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá. El corazón no albergará más hiel y ya estos brazos, sin fuerza, caerán…



Extracto de ‘La familia de Pascual Duarte’ de Camilo José Cela.


             

El campeonato mundial de pajaritas

Luis Britto García

Abierto oficialmente el campeonato mundial de pajaritas, el señor Pereira se dirige al proscenio, toma una hoja de papel, la dobla, la vuelve a doblar, y de los pliegues surgen lentamente una montaña, y un arroyo, y un arco iris que desciende hasta que junto a él fulguran las nubes y finalmente las estrellas. Un gran aplauso resuena, el señor Pereira se inclina y baja lentamente a la sala.
Acto seguido se instala en el proscenio el señor Noguchi, quien toma en cada mano una hoja de papel, la mano izquierda dobla dobla dobla, sale una paloma, sosteniendo el pico con los dedos anular y meñique y tirando de la cola con los dedos índice y medio las alas suben bajan suben bajan, la paloma vuela, entre tanto la mano derecha dobla dobla dobla, sale un halcón, colocando el dedo índice en el buche y presionando con el pulgar en las patas, las poderosas alas suben bajan suben, el halcón vuela, persigue a la paloma, la atrapa, cae al suelo, la devora. Grandes y entusiásticos aplausos.
Sube al proscenio el señor Iturriza, quien es calvo, viejo, tímido y usa lentecitos con montura de oro. En medio de un gran silencio el señor Iturriza se inclina ante el público, hace una contorsión, se vuelve de espaldas. La segunda contorsión lo despliega, asume una forma extraña, y luego vienen la tercera, la cuarta, la quinta contorsión, la apertura del pliegue longitudinal y la vuelta del conjunto. La sexta y la séptima contorsiones son apenas visibles pero definitivas, la gente va a aplaudir pero no aplaude, en el proscenio el señor Iturriza deshace su último pliegue y se transforma en una límpida, solitaria, gran hoja cuadrada de papel blanco.

            

             Foto de Luis Britto tomada de “El salmón urbano”

Blog personal del escritor: http://luisbrittogarcia.blogspot.mx

Non bellici

Un pueblo antiguo, de una nación antigua, de una lengua casi universal para esa antigüedad en la que vivían, creía que los guerreros muertos en batalla se transformaban, mediante un proceso de corporización divina, en pájaros. Pájaros de color rubí, pájaros blancos, pájaros multicolores, en fin, pájaros del mundo.

Para este pueblo, entonces, no fue difícil enfrentar a los extranjeros que los llegaron a conquistar. Su destino era hermoso. A estos guerreros-pájaro se les veía recibir lanzas en el centro del pecho con una sonrisa, recogerse las tripas extraídas de un sablazo con lágrimas de placer, abrazar a sus heridos hendiéndoles un puñal en el costado para apurar la nueva encarnación.

¿Cómo llamar bélico a este pueblo? Los extranjeros no pudieron entenderlo. Los extranjeros lo tomaron como una afrenta y adoptaron un salvajismo voraz que fue transmitiéndose por los tiempos perdiendo su sentido ulterior y, a la vez, primario.

Ahora, cada que escucho el trino de un pájaro, recuerdo por qué nos estamos matando.

Héroes

[Un cementerio nevado.]

I: Te queda bien la barba.

X: Mejor que a ti, seguro.

I: Te queda bien el saco.

X: ¿Cambiamos?

I: Cambiamos.

[Varias tumbas. Dos tumbas, principalmente.]

X: Esto debe ser una fiesta. No hay lugar más tranquilo para sacar humo por la boca y simular que uno está fumando.

I: O para simular, también, que uno está viviendo.

X: Incluso estas pisadas mías, que recorrieron todo un camino para llegar aquí y que ya no recogeré, son una simulación.

I: Y espera a que las cubra la nieve.

X: La nieve será, luego, otra simulación.

[Uno se acerca a alguna de las tumbas principales y con la palma remueve la nieve que cubre la lápida.]

I: “Para siempre…”

X: Qué palabra más dura: ‘siempre’.

I: ¿Más dura que ‘nunca’?

X: Nunca ‘siempre’ será más dura que ‘nunca’.

I: Y a mí que me parecía que nunca llegaría a ver la nieve. Me cuesta pensar que siempre ha sido tan blanca.

X: Yo pensé que nunca llegaría a ver tu barba. Me cuesta pensar que alguna vez no fue blanca.

I: [Ríe.]

X: [Ríe y después tose.]

I: ¿Quieres un pañuelo?

X: Traigo el mío. [Saca un pañuelo viejo, sangrado, con unas iniciales ajenas.]

I: ¿Ese también es robado?

X: No, este sí es mío.

I: ¿Y la sangre?

X: Mía, también.

I: ¿Y las iniciales?

X: Mías, ¿qué no sabes que uno cambia de nombre en este lugar?

I: Sí, ¿entonces cómo me llamo yo?

X: Saca tu pañuelo.

I: [Palpa las bolsas traseras del pantalón y saca un pañuelo nuevo, limpio.] No tiene iniciales.

X: Porque tú no eres de este lugar.

[Se ven a los ojos durante mucho tiempo. Corren entre los árboles y regresan al mismo lugar de donde partieron.]

I: Te gané.

X: ¿Seguro?

I: Llegué primero.

X: Excava la tumba que tienes enfrente.

[I con sus manos enguantadas saca la tierra debajo de la lápida. Puede tardar unas horas.]

I: Está vacía.

X: Exacto, pero no significa que algún día no la ocupes.

I: ¿Y la tuya?

X: Ya la ocupé hace tiempo.

I: Y, ¿qué haces aquí afuera?

X: Vine a ver la nieve contigo, pero ya está aminorando, ya me tendré que ir.

I: Entonces yo también tendré que irme.

X: No, tú te puedes quedar y rezarme, lo necesito.

I: ¿Para qué?

[X ha desaparecido.]

I: …

[Hace mucho calor, el sol está en lo alto y la gente pasa y se detiene frente a otras tumbas, deposita un ramo de flores y se aleja.]

I: Padre, padre, padre.

[I se toma la barbilla lampiña y del bolsillo trasero saca un pañuelo con iniciales ajenas.]